lunes, 10 de mayo de 2010

Vuelvo a respirar


Como una suerte de despedida o de acto suicida, salto al vacío de este abismo. Por momentos creí que nunca iba a dejar de caer... Después de todo, los sacrificios tan dolorosos que estaban en el camino parecen valer la pena. Mientras caminaba rumbo al filo que separa a la tierra del cielo, crucé desiertos inmensos en los cuales no encontré una gota de agua, y los oasis que vislumbraba eran simples espejismos vagos que no hacían nada más que ilusionarme con la idea de descanso. El único agua posible eran mis lágrimas, fieles compañeras del camino. Bebía de ellas a diario, y a pesar de que la sal me intoxicaba, el agua me regeneraba. Entonces, las dejé fluir en mí. También me animé a atravezar selvas completas, días enteros en los que no paraba de llover, y el agua me inundaba hasta el último rincón de mi alma maltratada. No fue fácil seguir, sabía que los obstáculos iban a ser cada vez peores, más dolorosos y cabía la remota posibilidad de que terminaran conmigo... Pero bueno, supe animarme a intentar. Hubo momentos en los que tuve miedo, me sentí temblar ante la posibilidad de no poder seguir adelante, pero sin dudas, era un viaje que yo tenía que transitar. Te miraba desde lejos, intenté gritarte que me estaba desangrando en esfuerzos por llegar hasta tu puerta. Sin embargo, ya no era importante ni mi sangre ni mi vida. Ya no era relevante el inmenso dolor que llevaba por dentro, así cómo tampoco mis disculpas o mis sentimientos de remordimiento frente a tus ojos. Nada fue suficiente. Al mirarte, me di cuenta de que estaba casi muriendo por una cara sin alma, sin sueños, sin nada... ¿Dónde dejaste esos pedazos tan tuyos que amaba? ¿Qué hiciste con los recuerdos increíbles de cada mirada? Te exijo respuestas en la cara, pero estás completamente perdido, ya no levantás la cabeza, no miras de frente y tu sonrisa se ve descolorada. Ahora parece que necesitas de néctares extraños en exceso para que te saquen de vos mismo y así poder ser feliz, que te aturdan el pensamiento así no escuchás ciertas voces y te apaguen el sentir, mientras bailás entre parlantes enormes que emiten música sin fin; esa misma música que tanto repudiabas precisamente en los mismos lugares que dijiste que odiabas.
Mi cruzada contra tu indiferencia parecía no tener final, me enrosqué una y mil veces por dentro de los recuerdos que en los cajones tengo guardados, sigo sin poder creer en lo que te convertiste, pero así y todo, hasta no hace mucho me hubiera ido al mismo infierno a pelear contra Lilít si hubiera sido necesario para llevarte mi amor, y de hecho capaz que fue un mal inevitable el tener que estar acostada con el demonio mismo para darme cuenta lo infinito de mi amor por vos...
Hoy me quedo con la duda irremediable de si todo esto valió realmente la pena. Si el dolor que pasé traerá algún día feliz a esta vida apagada, rutinaria y por momentos, servil. Te dejo el orgullo intacto de que hayas sido mi gigante, a pesar de que para el resto del mundo seas el enano. Te permito regocijarte en la sangre que derramé a raíz de las estocadas certeras que me clavaste en las interminables batallas, esas que yo misma elegí pelear; te dejo la certeza de haber logrado que mi amar floreciera en primavera, así cómo también supiste ser el verano de mis sonrisas. En fin, quedate con todas las medallas de buena conducta, con los trofeos y con la imagen intacta y sin culpas. Después de todo, el dolor que vos sufriste parece que es el único válido. ¿Quién iba a venir a llorar conmigo, bañada en sangre y en lágrimas, si era yo la responsable de todos los males? ¿Quién me iba a creer de lo mucho que me dolía? ¿A quién le iba a importar que mis ojos verdes estuvieran ciegos, empañados y fríos, completamente perdidos?
Fuiste, como dice una canción, el sol de mi crecimiento. Te llevas lo mejor de mis días y con el corazón, espero que consigas todo aquello que realmente te haga feliz, lo que sea que quieras, ojala lo tengas al alcance de tu mano por el simple hecho de haber sido inmundamente especial.
Y yo, a pesar de ser una rareza incomprendida y un ser repugnante para tu universo, conozco tu lógica, la forma en la que actuas y aunque no puedas mirarme puedo darme cuenta que con sólo un roce de mi mano, te puedo tirar al carajo ese castillo de cristal. A pesar de dejarte todo la gloria, me quedo con una sola satisfacción. Hoy te veo caminar con la cabeza hacia abajo, los ojos vacíos de sueños y las pausas de tu andar ya no reflejan mucho más que tu presencia. Y por más que calles, y no te atrevas a devolverme la mirada te conozco más que nadie, y por más que jamás me lo digas, sé lo que pensás. Tal vez nada de todo lo que te di tuvo sentido, si a fin de cuentas sólo termino siendo una "concecuencia del alcohol".
Pero saltar a este abismo fue precisamente la incitación para desplegar mis alas y volver a volar.

miércoles, 21 de abril de 2010

Te invito a este mundo


En un día como el de hoy, con un enorme cielo azul y miles de rayos de sol bañándonos la ropa, junto algunos pedazos de cartón y empiezo, poco a poco a armar una casa pequeña. La lleno con piedras de distintos tamaños y colores e imagino que están en el borde, entre el mar y la tierra mientras dibujan formas con la arena que se cuela entre los filos y con un horizonte distante, eterno que nos animamos a mirar. El mar nos llena la mirada, nos tiñe los ojos. En este mundo todo puede pasar.

Busco también un poco de hojas, pasto y flores para así llenar de colores un mundo que parece seco y frío. No pretendo que sea perfecto, sólo quiero que lo disfrutes conmigo. También puedo hacer que caiga un poco de agua y así sentiríamos el aroma de la lluvia recién caída sobre un bosque mientras caminamos entre árboles profundos, y algunas montañas que puse para sentir la altura y así poder mirar desde lo más alto.

Pero si nada de esto te gusta, puedo sacar un poco de arena del fondo de mi casa y llenar completamente los espacios de cartón con ella, armo unas cuantas pirámides con piedras y podemos deslizarnos por los médanos de arena con una alfombra mágica, disfrutando del desierto. Y por las noches, podemos acostarnos en la arena helada, si nos da frío, un fuego podemos pintar con unos cuantos colores que el sol nos puede prestar y así mirar para arriba hasta quedar dormidos. Una vez me dijeron que no hay mejor noche que la del desierto.

Sin embargo, nos pueden dar ganas de volar. Bueno, cuando te invité a entra conmigo a este mundo paralelo, te aseguré que íbamos a poder hacer todo lo que quisiéramos. Entonces, si nos dan ganas de volar puedo intentar armar alas, prometo no hacerlas de cera así no nos pasa lo que le pasó a Icaro. Puedo coserlas con tela, o crearlas con papel para que te queden por el resto del tiempo, para cuando quieras volver. Pero si no puedo hacerte alas, puedo llamar a un par de amigas que cuentan con un corcel blanco, y con él cabalgan entre las nubes. Yo las llamo Walkirias, vos podés elegir como llamarlas. Ellas nos pueden montar y llevarnos a pasear una noche completa. Nos pueden mostrar el Valhala, mientras riegan con cerveza los campos de los dioses.

Te invito a este mundo que podemos crear mientras escuchamos canciones alegres o tristes, o tal vez, intentando cantar. Podemos llenar con música el aire y eso si que lo vamos a disfrutar. Podemos hacer de este nuestro propio lugar. También podemos sentarnos a la orilla de un río, sobre piedras o sobre la arena misma de la orilla y charlar, contarnos nuestras historias, reír y también llorar.

Y si no nos alcanza el lugar, podemos irnos más allá. Alguna moto o auto, barco o avión nos podrá llevar, mientras miramos la ruta, el mar o un increíble cielo que parece recién terminadito de pintar.

Y por qué no llevar también algunos libros que nos regalen frases para recordar. Yo después prometo copiarlas en pedacitos de papel y guardarlos en un lugar seguro, dentro de este mundo al que nadie puede llegar. Ahí quedarán esas frases mágicas, cada vez que las necesites escuchar, con mi mano en la tuya y con risas detrás.

Sin embargo, te invito para que vos también me ayudes a crear este mundo. Te invito para que me acompañes, camines conmigo por senderos que no conozco y que veces, pueden dar miedo. Te invito para que me ayudes a mirar entre miles de cosas rebalsadas de luz, y veces en la más profunda oscuridad porque a veces no puedo y además, porque sola no quiero mirar.

Hoy te invito a vos, mañana podemos ser muchos más. Sabés que podés traer a quién quieras, la única cosa que te pido es que los que vengan, tienen que tener ganas de soñar, de imaginar y de crear. Y te invito porque se que te va a gustar desafiar al cielo, a la tierra, a la luz y a la oscuridad. Te invito a vos porque sé que comprendes que acá no hay razones puras ni imperativos para actuar, vos sabés que el único límite que propongo es todo aquello que podemos imaginar.

viernes, 2 de abril de 2010

Miradas... y no mirar


Si me mirás, tengo que caer en la realidad de que ya no camino... Siento que vuelo por nubes de papel de cigarrillo. Teniendo frente a mí un par de ojos claros, profundos con una tierna vergüenza que hace que vuelvas hacia atrás y sonrías hace que mi día se convierta en algo diferente, en otra cosa. Ya no es un día, ya no son horas, sólo golpazos alocados en el pecho, largas horas de desvelo mientras añoro con lágrimas abrazos ausentes. Tal vez tus ojos podrían regalarme un poco de paz. Quizás tendría una nueva razón para soñar y pensar que no todo está tan perdido y que todavía se puede amar. Capaz tenga una nueva posibilidad de llegar a la felicidad...

O quizás no. Quizás ni siquiera te des cuenta de que existo, quizás nunca te detengas a mirarme seguro y con ganas de seguir mirando. Tal vez mis sueños son los espejismos que me inspiran a seguir caminando en este desierto de soledad, buscando a gritos un pozo de agua fresca que me devuelva la cordura y tantas otra cosas que tuve que dejar atrás.

Hasta hace unas semanas, me sentí sucia. Llena de culpa, con un montón de jueces que me señalaban con el índice y gritaban desde todos los rincones que tenía que hacerme cargo de las decisiones que tomaba. Y así lo hice... Pero, agregó un par de condimentos más. Por lógicos motivos, asumo mis errores y culpas. Sin embargo, recuerdo que no soy la única que jugaba la partida sino que enfrente estaba aquel flaco pálido, de ojos marrones intensos pero ya a estas alturas apagados por la máscara que los esconde.
Frente a él, perdí miles de batallas. Sangré litros completos con cada mirada, con cada daga certeramente enterrada en un punto estratégico de mi alma.
Pero la guerra parece darme un poco más de calma... Yo jamás usé la máscara! Siempre fui al frente, con mi espada al brazo y mi alma dirigiendo mis acciones. El flaco no pudo. Se rindió frente a las luces brillantes de la noche y esa máscara le sirve para creerse que al menos puede ser feliz.
Hoy me siento plenamente libre. Ya no siento culpas ni suciedades atoradas en los resquicios de mis sentires más profundos. Cumplí mi más enorme condena: logré aceptar que soy humana, que puedo equivocarme y que soy mucho más que una consecuencia del alcohol. Por eso me animo a desafiarte y mirarte a la cara a ver si podés mostrarme los ojos... De hecho, no podés!

Por eso, hoy si me animo a mirar otro ojos que sí me miran fijo, me sonríen y no pretenden mucho más que mirar... No se sabe que pasará, pero yo tengo ganas de probar!

jueves, 29 de octubre de 2009

Todo es Natural...


Al día de hoy, surgen nuevos temas que me interpelan y me ponen los nervios de punta. Se supone que vivimos en sociedad y que ésta sociedad trabaja para ser cada vez mejor, y que todos los que participamos en ella, tengamos una mejor "calidad de vida". Bueno, parece no ser tan así...

Ésta sociedad es asquerosamente excluyente, y sus planes de ser mejor se basan en excluir cada vez más a los sectores pobres, que ya han conformado una cultura diferente que tiene como principal base la Ley del más Fuerte, y escondiendo, echando, barriendo las desigualdades sociales que traen aparejado una determinación lógica de las condiciones materiales. Es mucho más fácil decir que el que es pobre es porque quiere serlo y quiere una vida más fácil. Que poco que entendemos si hablamos desde la soberbia que nos brota por los poros, y andamos arriba de un auto 0km (cero kilómetro) y nuestra vida está sobrada de objetos materiales.

No juzgo a las personas que piensan distinto, pero si me interesa plantear que la pobreza no es algo natural, y que Dios a unos quiere mucho, a otros no tanto y a la mayoría, no los quiere nada y por eso los mata de hambre. Creo que cada uno tiene el derecho de opinar, pero si vamos a emitir juicios sobre la realidad en la que vivimos, sería bueno tener la obligación de intentar comprender la complejidad de las clases sociales, de las culturas excluidas y del por qué de la inseguridad. Tenemos generaciones completas que se matan con diferentes tipos de drogas, desde las clases más altas (en la que circula la cocaína y el éxtasis) hasta los sectores populares más bajos (dónde el Paco está a la orden del día, y la marihuana es un privilegio), y hay dolor. Mucha indiferencia que genera que todo duela aún más... Hace mucho que el asistencialismo dejó de ser la pastillita mágica para el dolor. La escuela "ya no es lo que era" dicen todos. Y qué era antes? Ahora se cuelan por todos lados las enormes fisuras que tenemos como sociedad, y es lógico, la escuela no puede cerrar las puertas a eso, ya lo intentó y salió bastante mal. Ya lo decía don Freud, "Todo lo que se reprime, retorna" y potenciado le agregaría.

Sería interesante que dejemos de mirar para arriba para subir los tan ansiados escalones del éxito, justificando con naturalizaciones aberrantes y poniendo a Dios como juez de las condiciones sociales, mientras pisamos cabezas ajenas. Sin dudas, sería bueno mirar un poco a los costados para verle la cara al que tenemos al lado e intentar darnos un poco las manos... Pero está más que difícil si cada vez nos encerramos más en nuestras ambiciones propias.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El insulto


Hubo un tiempo que fue hermoso. Me sentía plenamente libre y feliz. Contaba tan sólo diecisiete años, y disfrutaba de los maravillosos vientos de las noches acompañada por numerosos amigos. Hacía muy poco tiempo, habíamos realizado el viaje de egresados con mis compañeros y con otra escuela más. En ese viaje nos hicimos muy amigos con los chicos del otro colegio, así que cuando regresamos, cualquier excusa era buena para reunirse.
Entre tantas personas, estabas vos. Llevabas un andar pausado, tranquilo, una mirada penetrante y cautivadora, una voz segura de cada palabra y una sonrisa que despertaba a cualquiera.
Una noche no muy especial, nos reunimos una vez más, éramos pocos, sólo cuatro. Que casualidad maravillosa, entre esas cuatro personas estábamos vos y yo. Como era costumbre, nos reunimos en la casa de Joaquín, luego llegaste vos y me saludaste con una calma que se sorprendió. Nos buscó Edgardo, el profesor con buena onda que nos llevaba siempre a pasear por ahí.
Terminamos en el puerto, tomando vaya a saber qué cosa. Lo cierto es que no lo recuerdo porque me parecía algo tan insignificante. La conversación de a cuatro se dividió en dos conversaciones de a dos. Mientras Joaquín y Edgardo debatían sobre religión, política y vaya a saber que otras cosas más, vos y yo impregnábamos la conversación de de las ganas que nos consumían por dentro, ya que mientras más nos mirábamos, más nos dábamos cuenta lo fascinados que estábamos el uno con el otro.
Me recriminaste un beso que no te di, me mirabas a los ojos con una seguridad implacable, y yo como podía me defendía de los ataques masivos de las ganas de besarte, de quedarme contemplando esa mirada tuya. Así fue que, de a poco me iba perdiendo dentro de tus ojos, escuchaba tus palabras y jugaba dentro de ellas. A veces me enredaba y caía, pero en otras bailaba y llevaba el ritmo como me gustaba, dejándome encantar por la situación, haciendo de esa noche, una sola luz.
Pero hubo un momento que detuvo la emoción. De tu boca salió un insulto particular, un “puta” te surgió de adentro, y yo me ofendí tanto que me prometí nunca más mirarte. Por más que me explicaras una y otra vez que tu insulto iba referido a la situación, yo me encerré en eso y no quise escuchar nada más. Te creí, pero quería disimular y ver cómo te las ingeniabas para evitar que me fuera enojada.
A pesar de mis forzosas ganas porque el amanecer no llegara nunca, era inevitable. Poco a poco, la noche se nos terminaba. Yo quería quedarme, seguir mirándote a los ojos por el resto de mis días, sentir tus abrazos envolviéndome con un amor imposible de explicar. Pero no pudo ser y nos despedimos, aplacando nuestras ganas hasta un nuevo encuentro. Esa noche fue única porque me perdí y al mismo tiempo, me encontré. Esa misma noche me di cuenta, cómo poco a poco, mis tropas comenzaban a rendirse frente a vos.

lunes, 5 de octubre de 2009

¡No entienden nada!


Parece mentira, pero son pocas las personas que entienden lo hermoso que es mirar al sol caer, disfrutando de un cielo que va pasando por distintas gamas de colores, empezando en azul, para luego ir tiñiéndose de un naranja rojizo que brinda una sensación, la de que se prende fuego el horizonte... Y es así, todo es tan inflamable al momento del atardecer. Se prende fuego el alma, que salta mientras ve el espectáculo.
Y cuando todo se convierte en un negro espeso, aparece la noche que prende sus millones y millones de pequeñas lucecitas. ¿Y cuántos somos los que nos detenemos a contemplarlas? Algunos han olvidado levantar la cabeza y ser un poco felices...
Son muchos los que nunca se desconectan del mundo frívolo y ruidoso, lleno de locura y paranoia, pensando que ahí encuentran calma. O que allí van a a sentirse acompañados y en paz. No corresponde juzgarlos, y a decir verdad, tampoco me interesa, ya que estoy segura que por más de que uno los invite a mirar un poco más allá de un televisor o de un monitor de computadora, no entenderían nada de lo que sucede precisamente porque no lo sienten. Y porque eligen, día a día, mantenerse conectados a ese estilo de vida que llena con cosas materiales, que invita a disfrutar a lugares repletos de gente pero que nunca hay un verdadero dialogo para conocer al otro, o sea, lleno de gente que no se comunica.

Tal vez la que está equivocada o la que no entiende soy yo. Y seguramente así lo sea, porque por algo todo el mundo hace lo contrario a lo que me hace sentir felicidad. Sin embargo, me crucé con gente que me devuelve la mirada sincera y me demuestra que no estoy tan fuera de lugar. Sino que habla, siente, vuela, juega, se ríe y hace locuras coherentes que dan felicidad. Y así nos encontramos y compartimos, siempre pensando que lo mejor que nos puede pasar es escapar del mundo, irnos por ahí, no importa a dónde, sino lo que importa es ir... Y nadie lo entiende.
Entendiendo un poco o nada, la verdad es que no lo sé, me siento feliz no estando en éstos pisos fríos, duros, bañados por luces artificiales y que impiden que miremos un poco más arriba. Nos quieren acostumbrar a que miremos hacía abajo, y con miedo. Caminar inseguros, especulando con que algo malo siempre puede pasar. No nos confundamos, tenemos que aprender a mirar otra vez, a caminar con libertad, sintiendo un poco más.
Equivocada o no, sé que mirar hacia abajo no me da una sensación de felicidad. Y por eso me juego la vida con las ganas de enseñar / ayudar a otros, como me inspiró un gran autor uruguayo, a mirar más allá...

La belleza más perfecta se encuentra en aquellas pequeñas cosas que nos hacen saltar el alma. Sería bueno dejarnos sorprender un poco más, para así entender el porqué del ruido que produce el sentirse feliz.

jueves, 1 de octubre de 2009

El hombrecito

Sucedió un jueves, mientras realizaba una compra. Me sorprendió la mañana fresca y por eso decidí salir abrigada. No esperaba encontrarme con el calor fulminante de una sonrisa, pero así pasó.
Estábamos los dos esperando, él a sus padres; yo a mi hermano. Se sentó frente a mí y no dejaba de mirarme. Me sorprendieron sus ojos color marrón oscuro, profundos y brillosos que parecías sacados del sol mismo. No pude evitar notar que sus piernitas no llegaban al suelo cuando estaba sentado. Habrá contado unos cinco años, pero entendía la vida mucho mejor que muchas de las personas que nos rodeaban en aquél gran negocio.
Su mamá estaba ocupada, entonces para entretener a Néstor, mi hombrecito, le dió su teléfono celular. Él se paseaba mientras jugaba a hablar por teléfono seriamente (cómo los grandes) y a todos les decía que no lo llamen más, que él estaba "mirando el partido", haciendo referencia a los seis televisores que teníamos en frente con un partido de fútbol.
En un momento, se sentó frente a mí con una seriedad implacable. Me miró detenidamente y con una sonrisa estruendosa, me pidió mi número de teléfono, asegurando que él si iba a llamarme. No pude evitar la emoción y la sonrisa. El pequeño Néstor no escuchaba a nadie, a pesar de su madre lo regañara cada cinco minutos. Él era feliz mirando la televisión y no dándole importancia a los precios que estaban bajo los aparatos. Escuchaba música y bailaba sin mirar a nadie. Creo que nadie entendería lo que yo sentía al ver a ese hombrecito de ojos luminosos, es más, tampoco sabría explicarlo. Sólo supe que me alegró el día con su sonrisa, con esa sinceridad implacable de "estar ocupado" mientras bailaba entre la gente grande, ocupada y aburrida. Definitivamente, no entendemos nada si no sentimos nada al ver semejante alma en vuelo...
Me regaló su sonrisa, me alegró el día.